Neurociencia · Memoria · Desarrollo
Duración estimada: 15–18 min
Formato: monólogo divulgativo
Nivel: accesible
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Apertura
El misterio con el que todos nacimos: los primeros capítulos borrados
Hubo una época en que ya existías. Ya habías abierto los ojos por primera vez. Ya habías escuchado voces, sentido calor, tenido miedo, descubierto el sabor de las cosas. Tu cerebro ya estaba activo, registrando, aprendiendo. Y sin embargo, de todo eso no queda nada. Ninguna imagen, ningún sonido, ninguna sensación que puedas reclamar como tuya.
Es como si los primeros capítulos de tu historia personal hubieran sido arrancados.
La respuesta más fácil —la que la mayoría da cuando se le pregunta— es que los bebés no pueden recordar porque su cerebro todavía no está lo suficientemente desarrollado. Y esa respuesta no es completamente incorrecta. Pero tampoco es completa. Porque la realidad, como suele ocurrir cuando la neurociencia entra en escena, es mucho más extraña y más fascinante de lo que parece.
Bienvenido a El Aprendiz de Psicología. Hoy vamos a explorar uno de los fenómenos más universales y menos explicados de la experiencia humana: la amnesia infantil. Por qué ocurre, qué la produce, qué dice de nosotros, y qué implica para la manera en que entendemos la memoria, la identidad y el origen de quienes somos.
“La amnesia infantil no es el resultado de un cerebro que falla. Es el resultado de un cerebro que crece con una velocidad que ningún sistema de almacenamiento podría seguir.”— Adaptado de Patricia Bauer, Remembering the Times of Our Lives (2007)
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El primer dato sorprendente
Los bebés sí forman recuerdos: el experimento del móvil que lo demostró todo
Durante décadas, la explicación dominante para la amnesia infantil fue la más intuitiva: los bebés simplemente no pueden recordar porque su cerebro es demasiado inmaduro. Si nadie recuerda haber sido bebé, la conclusión lógica era que los bebés no tienen memoria.
Pero la investigadora Carolyn Rovee-Collier, de la Universidad de Rutgers, desmontó esa idea con una serie de experimentos que se convirtieron en referencia obligada en la psicología del desarrollo. Su protocolo era elegante en su simplicidad: colocaba una cinta en el pie de bebés de entre dos y seis meses y la conectaba a un móvil suspendido sobre sus cunas. Los bebés descubrían rápidamente la relación entre el movimiento de su pierna y el movimiento del móvil. Y eso les generaba un placer visible.
Lo que Rovee-Collier quería saber era cuánto tiempo duraba ese recuerdo. Días después, traía a los mismos bebés de regreso a la situación. Y el resultado era consistente: muchos comenzaban a mover la pierna de manera inmediata, mucho antes de que ningún proceso de razonamiento consciente pudiera explicarlo. Recordaban. Bebés de dos meses conservaban el recuerdo durante días. Bebés de seis meses, durante semanas.
El experimento demostró algo fundamental: la memoria en bebés existe. El problema no es que no formen recuerdos. El problema es que esos recuerdos desaparecen antes de que lleguemos a la adultez. Y eso requiere una explicación diferente.
Ejemplo práctico · Lo que sí “recuerdan” los bebés
Una investigación posterior de Rovee-Collier mostró algo aún más sorprendente: si se le presentaba al bebé una pequeña pista del contexto original —el mismo móvil, el mismo color de la cuna— el recuerdo que parecía haberse desvanecido podía reactivarse. Es decir, el bebé no había olvidado completamente: la huella estaba ahí, latente, esperando el estímulo correcto para activarse. Esto sugiere que la amnesia infantil no es una eliminación total de los registros, sino una inaccesibilidad que se va volviendo permanente con el tiempo.
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Las causas
No fue una sola razón: las cuatro causas simultáneas de la amnesia infantil
La neurociencia contemporánea ha identificado que la amnesia infantil no tiene una sola causa. Es el resultado de al menos cuatro procesos que ocurren simultáneamente durante los primeros años de vida, cada uno contribuyendo de manera diferente a ese vacío en nuestra memoria.
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El hipocampo inmaduro
El sistema de consolidación de memoria a largo plazo todavía se está construyendo durante los primeros años.
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La neurogénesis acelerada
La creación masiva de nuevas neuronas altera y sobreescribe los circuitos donde los recuerdos están almacenados.
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La identidad sin formar
Sin un “yo” estable que organice las experiencias, no existe narrador que construya una historia personal.
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La ausencia de lenguaje
Sin palabras, las experiencias no pueden organizarse en narrativas duraderas. El lenguaje construye la memoria, no solo la describe.
Veamos cada una en profundidad, porque cada una añade una dimensión diferente a la comprensión de quiénes somos y cómo funciona nuestra memoria.
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Causa 1
El hipocampo: el archivador que todavía se estaba ensamblando
El hipocampo es una de las estructuras más críticas de la memoria humana. Situado en el lóbulo temporal medial del cerebro, su función principal es la consolidación de la memoria episódica: la capacidad de transformar una experiencia vivida en un recuerdo que puedes recuperar conscientemente días, meses o décadas después. Sin hipocampo funcional, los recuerdos no pasan de la memoria de trabajo a la memoria de largo plazo.
La investigadora Patricia Bauer, en sus estudios longitudinales sobre el desarrollo de la memoria en la infancia, documentó que el hipocampo no alcanza un nivel de madurez funcional suficiente para la consolidación de memoria autobiográfica hasta aproximadamente los dos o tres años de vida. Y aún entonces, el desarrollo continúa de manera significativa hasta bien entrada la adolescencia.
Pero hay un matiz importante que Bauer y otros investigadores señalaron: la inmadurez del hipocampo explica por qué los recuerdos de los primeros meses de vida no se consolidan, pero no explica completamente por qué muchos recuerdos de los años dos, tres y cuatro —cuando el hipocampo ya está más desarrollado— también desaparecen. Para entender eso, necesitamos hablar del segundo mecanismo.
Ejemplo práctico · El paciente H.M. y la enseñanza del hipocampo
El caso clínico más famoso de la neurociencia de la memoria es el del paciente conocido como H.M. —Henry Molaison—, a quien en los años 50 se le extirparon quirúrgicamente partes del hipocampo para tratar una epilepsia severa. El resultado fue que H.M. quedó incapaz de formar nuevos recuerdos a largo plazo. Podía aprender habilidades motoras y conservar recuerdos previos a la operación, pero cada persona que conocía era nueva para él al día siguiente. Este caso clásico, estudiado por Brenda Milner durante décadas, demostró de manera incontrovertible el papel del hipocampo en la consolidación de la memoria episódica — el mismo tipo de memoria que los bebés no pueden consolidar porque su hipocampo aún se está desarrollando.
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Causa 2 · La más sorprendente
Neurogénesis: el crecimiento que borra mientras construye
Este es el mecanismo más contraintuitivo y, en muchos sentidos, el más fascinante de todos. Durante mucho tiempo se creyó que los adultos no generaban nuevas neuronas. Hoy sabemos que la neurogénesis —la creación de nuevas neuronas— ocurre en el hipocampo adulto, aunque a un ritmo modesto. Pero en los primeros años de vida, ese proceso ocurre a una velocidad extraordinaria. El cerebro infantil está fabricando nuevas neuronas y nuevas conexiones a un ritmo que nunca volverá a experimentar.
Y aquí está la paradoja que algunos investigadores comenzaron a sospechar: ¿podría ese mismo crecimiento ser el responsable de borrar los recuerdos? El neurocientífico Paul Frankland, del Hospital para Niños Enfermos de Toronto, y su colega Sheena Josselyn diseñaron una serie de experimentos para comprobarlo en modelos animales. Los resultados, publicados en la revista Science, fueron extraordinarios.
Cuando aumentaban artificialmente la tasa de neurogénesis en ratones adultos, los animales olvidaban recuerdos que antes conservaban. Cuando suprimían la neurogénesis en ratones jóvenes —que normalmente tienen tasas muy altas de creación neuronal— los animales conservaban sus recuerdos durante más tiempo. La conclusión era clara y profundamente contraintuitiva: las nuevas neuronas desplazan a las antiguas de los circuitos de memoria, reescribiendo literalmente la arquitectura donde los recuerdos estaban almacenados.
El dato que cambia todo
No olvidaste tus primeros años porque tu cerebro fuera demasiado débil para recordar. Los olvidaste porque estaba creciendo demasiado rápido para conservar lo que había registrado. El mismo proceso que te construyó como ser humano borró los registros de esa construcción.
Ejemplo práctico · La ciudad que se reedifica a sí misma
Imagina una ciudad que está en construcción permanente y acelerada. Cada día aparecen nuevos edificios, nuevas avenidas, nuevos barrios enteros. Pero para construirlos, algunas estructuras antiguas tienen que ser demolidas. No porque fueran defectuosas, sino porque el espacio es limitado y el plan de construcción es más grande que lo que puede conservarse. Eso es precisamente lo que ocurre en el cerebro infantil: la neurogénesis masiva es el contratista de obras. Los recuerdos son las estructuras antiguas. Y el plan de construcción —convertirte en la persona que serías— fue más grande que la capacidad de conservar los registros del proceso.
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Causa 3
La identidad inexistente: recordar requiere un “yo” que recuerde
Aquí llegamos al aspecto más filosóficamente inquietante de la amnesia infantil. Para que una experiencia se convierta en un recuerdo autobiográfico —el tipo de recuerdo que sientes como tuyo, como parte de tu historia personal— necesitas algo que parece tan obvio que casi no vale la pena mencionarlo: necesitas un yo.
Necesitas la experiencia de ser una entidad separada del mundo, con una perspectiva propia, con una historia que se está construyendo. Y esa experiencia, que los adultos dan por completamente sentada, no existe en los primeros meses de vida de un bebé.
El psicólogo Philippe Rochat, de la Universidad Emory, ha estudiado extensamente el desarrollo del autoconcepto en la infancia. Su trabajo, junto con el de investigadores como Michael Lewis, documenta el proceso gradual mediante el cual los bebés construyen la noción de sí mismos como entidades separadas. La herramienta de investigación más conocida para explorar este proceso es la prueba del espejo —o prueba de la marca— desarrollada originalmente por Gordon Gallup Jr.
En esta prueba, se coloca una pequeña marca de color en la frente o nariz del bebé mientras duerme. Cuando se le pone frente a un espejo, los bebés de menos de 18 meses generalmente reaccionan como si estuvieran viendo a otro niño: no intentan tocarse la marca. Alrededor de los 18 a 24 meses ocurre algo notable: empiezan a tocarse la nariz o la frente al ver el reflejo. Reconocen que el niño del espejo son ellos. El autoconcepto ha emergido.
Y lo que hace ese dato especialmente relevante para la amnesia infantil es la correlación temporal: la edad en que los niños pasan la prueba del espejo coincide aproximadamente con la edad en que comienzan a aparecer los primeros recuerdos autobiográficos genuinos. No es una coincidencia. Sin un yo estable que organice las experiencias en una narrativa personal, las experiencias simplemente ocurren, sin un narrador que las archive como “mi historia”.
Ejemplo práctico · El narrador que todavía no existía
Piensa en tu recuerdo más temprano. La mayoría de adultos tiene un primer recuerdo situado entre los dos y los cuatro años. Inténtalo ahora: ¿cuál es el tuyo? Lo más probable es que sea una imagen fragmentada, sin mucho contexto, quizás relacionada con una emoción intensa —miedo, sorpresa, alegría desbordante. Lo que estos recuerdos tempranos tienen en común es que ya incluyen una perspectiva: hay un “yo” que vivió eso, que lo sintió, que estaba ahí. Esa perspectiva —ese narrador interno— es exactamente lo que no existía en los años anteriores. Y sin narrador, no hay historia. Sin historia, no hay memoria autobiográfica.
“La conciencia del yo no es el punto de partida de la experiencia humana. Es una construcción gradual que el cerebro tarda años en completar — y que la memoria autobiográfica requiere como condición previa.”— Adaptado de Philippe Rochat, Others in Mind (2009)
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Causa 4
El lenguaje que construye (no solo describe) los recuerdos
La última pieza del rompecabezas es también la más contraintuitiva para la mayoría de las personas. Tendemos a pensar que el lenguaje es una herramienta para describir lo que ya recordamos. Pero la investigación en psicología cognitiva sugiere algo más radical: el lenguaje también ayuda a construir los recuerdos en primer lugar.
La investigadora Katherine Nelson, de la Universidad de Nueva York, fue pionera en documentar cómo las conversaciones que los niños tienen con sus cuidadores sobre experiencias pasadas —lo que ella llamó “reminiscing” o reminiscencia compartida— son fundamentales para la consolidación de la memoria autobiográfica. Cuando una madre o un padre dice “¿te acuerdas de cuando fuimos al parque el domingo y te columpiaste tan alto?”, no solo está evocando un recuerdo: está ayudando al niño a organizar esa experiencia en una estructura narrativa que el cerebro puede almacenar de manera más estable.
Sin palabras, muchas experiencias infantiles son como imágenes sin marco: existen durante un momento y luego se diluyen. Las palabras proporcionan una estructura, una secuencia, un contexto. Transforman experiencias sensoriales aisladas en historias con principio, desarrollo y fin. Y las historias son mucho más fáciles de almacenar y recuperar que las sensaciones sin estructura.
El dato cultural que lo confirma
Investigaciones de Qi Wang, de la Universidad de Cornell, mostraron que la edad promedio del primer recuerdo varía según la cultura. En culturas donde los padres hablan frecuentemente con sus hijos sobre experiencias pasadas —como en muchas culturas occidentales— los primeros recuerdos tienden a aparecer más temprano. En culturas donde hay menos foco en la narrativa personal durante la infancia temprana, los primeros recuerdos suelen ser más tardíos. El lenguaje y la cultura no solo reflejan la memoria: la moldean.
Ejemplo práctico · El recuerdo que los padres ayudan a construir
Piensa en algún recuerdo de tu infancia que conoces en detalle pero que tienes la sospecha de que quizás no “recuerdas” realmente, sino que lo sabes porque te lo contaron muchas veces. Quizás hay una foto de ese momento. Quizás hay una historia familiar que se repite en cada reunión. La investigación de Katherine Nelson y de Robyn Fivush sobre reminiscencia compartida sugiere que estos “recuerdos narrativos” —construidos a través de conversación repetida— son en muchos casos los más duraderos precisamente porque el lenguaje les dio la estructura que el cerebro necesitaba para almacenarlos. No los viviste dos veces. Los construiste lingüísticamente la primera vez y los consolidaste en cada conversación posterior.
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Lo que esto implica
Qué dice la amnesia infantil sobre la memoria, la identidad y quiénes somos
Todo lo que hemos explorado hoy tiene implicaciones que van mucho más allá de la curiosidad científica. Porque si la amnesia infantil nos enseña algo fundamental es esto: la memoria no es un registro objetivo de lo que ocurrió. Es una construcción activa del cerebro, influenciada por la madurez neurológica, el lenguaje, la identidad y el entorno cultural.
Esto tiene consecuencias importantes para cómo entendemos nuestra propia historia. Los recuerdos que tenemos de nuestra infancia más temprana —los que conservamos, los que creemos conservar— no son necesariamente los más importantes de lo que vivimos. Son los que el cerebro, en un determinado momento de su desarrollo, tenía las herramientas suficientes para consolidar. Los que llegaron después de que el hipocampo estuviera lo bastante maduro. Los que tuvieron palabras para organizarse. Los que ocurrieron cuando ya existía un yo que los archivara.
Los primeros años de experiencia —los que la amnesia infantil nos oculta— no son un vacío neutral. Son el período en que las bases del apego, de la regulación emocional, de la confianza básica en el mundo fueron establecidas. No los recuerdas conscientemente, pero esos años te construyeron de maneras que los neurocientíficos y los psicólogos del desarrollo siguen explorando. Como documentó el psicólogo John Bowlby en su teoría del apego: las experiencias tempranas dejan huellas en el sistema nervioso que persisten mucho más allá de cualquier recuerdo explícito.
“No recordamos nuestra infancia más temprana, pero esa infancia nos recuerda a nosotros. Está inscrita en cómo respondemos al mundo, en cómo nos relacionamos, en cómo regulamos nuestras emociones — aunque no tengamos acceso consciente a los eventos que la produjeron.”— Adaptado de Daniel Siegel, The Developing Mind (1999)
Ejemplo práctico · La huella sin recuerdo
Investigaciones sobre apego temprano demuestran que los patrones de respuesta emocional que desarrollamos en los primeros meses de vida —frente a la disponibilidad o ausencia de nuestros cuidadores— predicen con significativa consistencia nuestros patrones de relación en la adultez. Una persona que desarrolló un apego seguro en el primer año de vida —cuando aún no podía recordar conscientemente nada— tenderá a sentirse más cómoda con la intimidad y la dependencia mutua décadas después. No porque recuerde esos primeros meses. Sino porque su sistema nervioso los aprendió de una manera que no pasa por el lenguaje ni por la memoria consciente.
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Cierre
Para construirte, tu cerebro tuvo que olvidarte
Todos compartimos el mismo misterio. Todos tenemos un enorme vacío al principio de nuestra vida. Un período al que nunca podremos regresar conscientemente, no importa cuánto lo intentemos.
Pero ese vacío no es un fallo. Es la firma de un proceso extraordinario. Tu cerebro no olvidó esos años por descuido o por limitación. Los perdió mientras construía el hipocampo que necesitarías para recordar. Mientras generaba las neuronas que formarían los circuitos de quien serías. Mientras construía el yo que eventualmente sería capaz de decir “este soy yo, y esto es mi historia”.
El olvido, en este caso, no fue la ausencia de algo. Fue el precio de algo mucho más grande: la construcción de la persona que llegaste a ser. Y hay algo profundamente humano en eso. Todos empezamos igual: sin memoria, sin yo, sin palabras. Y desde ese punto de partida compartido, cada cerebro construyó algo único e irrepetible.
Los primeros capítulos no están perdidos porque no importaban. Están ausentes porque eran el borrador del libro que eres hoy.
Llamada a la acción
Cuéntanos en los comentarios: ¿cuál es tu recuerdo más temprano? No importa si es vago, si no estás seguro de si es real o te lo contaron. Escríbelo. Es una de las preguntas más reveladoras que podés hacerte sobre tu propia memoria y sobre cómo funciona tu cerebro.
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Fuentes bibliográficas
Rovee-Collier, C. (1999). The development of infant memory. Current Directions in Psychological Science, 8(3), 80–85.
Bauer, P. J. (2007). Remembering the Times of Our Lives: Memory in Infancy and Beyond. Lawrence Erlbaum Associates.
Frankland, P. W. & Josselyn, S. A. (2012). Infantile amnesia: Matching biological and behavioral mechanisms. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 36(9), 2242–2251.
Akers, K. G. et al. (2014). Hippocampal neurogenesis regulates forgetting during adulthood and infancy. Science, 344(6184), 598–602.
Rochat, P. (2009). Others in Mind: Social Origins of Self-Consciousness. Cambridge University Press.
Gallup, G. G. Jr. (1970). Chimpanzees: Self-recognition. Science, 167(3914), 86–87.
Nelson, K. & Fivush, R. (2004). The emergence of autobiographical memory: A social cultural developmental theory. Psychological Review, 111(2), 486–511.
Wang, Q. (2013). The Autobiographical Self in Time and Culture. Oxford University Press.
Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are. Guilford Press.
Bowlby, J. (1969). Attachment and Loss, Vol. 1: Attachment. Basic Books.
Milner, B., Corkin, S. & Teuber, H. L. (1968). Further analysis of the hippocampal amnesic syndrome. Neuropsychologia, 6(3), 215–234.

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